Vivimos tiempos tan decadentes. Se
edifican grandes mansiones en las áreas
residenciales de la clase alta y nuestras mascotas
tienen hermosas casas y cómodas camas. Compramos
hasta que caemos, solamente para regresar y comprar
más y más. Muchos viven de día de pago en día de
pago y otros, más allá de sus ingresos. Pero aun
así, debemos mantenernos a la altura de los vecinos
a cualquier costo, aunque eso signifique arriesgar
durante el proceso, nuestra salud y nuestras
relaciones. Esto ya es bastante triste y, sin
embargo, no estamos totalmente satisfechos a pesar
de lo que tengamos. Siempre estamos a la expectativa
de algo mejor y hacemos lo imposible por obtenerlo.
Jesús tuvo cuidado en advertir a
sus discípulos del peligro de la avaricia.
Claramente declaró que la vida de una persona no se
mide por lo que posee. Él, entre todas las
personas, podía hacer esa declaración. De acuerdo
con la Biblia, Él era un hombre sin ninguna fama.
Pertenecía a la realeza y era dueño del mundo
entero, aun así, no impresionaba a nadie. No le
hacían caso o no lo notaban.
En realidad, los Evangelios lo
describen como un indigente. Y los profetas nos
dicen que no había en Él nada especial que
admirar. Viajó de lugar en lugar haciendo el bien.
Comía y bebía con pecadores y sus amigos íntimos
eran unos simples pescadores que probablemente no
tenían mucho más que Él.
Pero Jesús poseía algo que
nosotros siempre damos por sentado. Él tenía
perfecta paz. Conocía la voluntad del Padre para su
vida. Poseía una pureza que le confería poder para
hacer milagros, señales y maravillas. Su sabiduría
superaba sus años. Poseía la satisfacción de
vivir una vida bien vivida. Tenía buenos amigos y
fieles seguidores. Esas son cosas que tendemos a dar
por sentado.
Cuando medimos nuestro valor o el
valor de los demás por lo que poseemos, estamos muy
equivocados. Juzgamos por lo que vemos y como
resultado no nos damos cuenta de los asuntos del
corazón. Algunos tienen más que otros... y otros
más facturas que algunos.
Jesús habló en más de una
ocasión al respecto. Decía que debíamos acumular
para sí tesoros en el cielo, y en donde está tu
tesoro allí estará también tu corazón. Si tan
sólo comprendiéramos ese concepto y lo pusiéramos
en práctica en nuestra preciada vida.
Hay muchas personas que poseen
demasiado; sin embargo, mueren solos y miserables.
Esto les sucede porque el dinero se convierte en su
dios y en sus vidas no hay lugar para Jesús. Otros
que sí tienen a Jesús en sus corazones, tienen la
falsa idea que cuanto más los ama Dios, más
tienen. Así, al revés de esto, nosotros como
creyentes muchas veces miramos con desprecio a una
persona que tiene menos y creemos que algún pecado
o desgracia los despojó de toda la riqueza que Dios
tenía para ellos.
De acuerdo con la Biblia, servimos
a un Dios imparcial. Él bendice al justo y al
injusto. Para los que le buscan las recompensas no
son materiales, sino espirituales. Las recompensas
parecerán de poco valor para otros, y talvez no nos
hagan populares con las masas, pero a pesar de todo
estas recompensas son invaluables.
No cometas el error de basar tu
valor o el valor de otra persona por tu salario, por
el tamaño de tu casa, por el número de
automóviles que poseas o cuántos diamantes te
pongas. Todas esas cosas necesitan cuidado y tiempo,
pero de todos modos eventualmente dejarán de ser,
se arruinarán o perderán su valor ante los ojos
del hombre.
Basa tu valor en el hecho que eres
un hijo de Dios. Eres heredero del reino. Aprecia el
valor de tener paz, gozo, amor y todos los otros
regalos del Espíritu. Talvez decidas sacar algunas
cosas de tu vida para dar más lugar a Jesús. Si lo
haces, no te decepcionarás, ni te despreciarán.
Dios quiere a las personas que tienen cosas pero que
no permiten que las cosas las posean. ¿Serás tú
una de esas personas?
