Vivimos en una
sociedad entregada a sí misma. Todos se encuentran
atrapados en sus propias cosas al realizar las
tareas que se encuentran en la parte superior de su
lista de prioridades. Muchas de estas actividades se
llevan a cabo porque son esenciales para la
existencia de la humanidad. Muchas cosas se hacen
simplemente por "apariencia".
No nos gusta
admitirlo pero es verdad. Tanto mujeres como
hombres, gastan ridículas cantidades de dinero cada
año en "ayudas para realzar la belleza" y
mantener así su apariencia. Muchas de estas
"ayudas" realmente no ayudan en nada,
talvez sólo para alimentar nuestro ego y hacernos
sentir mejor.
¿Por qué llegamos
a tales extremos? ¿Por qué gastar en zapatos y
trajes caros con corbatas y pañuelos iguales? ¿Por
qué gastar en trajes, zapatos y bolsas de marca? ¿Por
qué tenemos que estar yendo constantemente a la
sala de belleza o las clínicas de bronceado, cuando
la vida en sí ya es una carrera interminable?
Simplemente
"una ley de la sociedad" nos motiva. La
apariencia. La apariencia ha venido a significar
todo en nuestra sociedad. Las personas harán
cualquier cosa por su apariencia, hasta pecar.
He estado en el
ministerio casi 10 años y pronto aprendí que una
manera segura y directa de obtener un ascenso en la
iglesia era dar la apariencia que lo tenía todo.
Eso significaba no sólo vestirse a la última moda
y llevar el cabello estilizado, sino muchas veces
también reprimir emociones y olvidarse de los sueños
y hasta de una palabra de Dios para su pueblo.
Sin embargo, algo
pasó en los últimos cinco años al cruzar este
camino de dolor. Me he dado cuenta que sucedió lo
que más temía. Sí, para el hombre la apariencia
lo es todo, pero al mismo tiempo me he gozado en
descubrir que la apariencia no significa
absolutamente NADA para Dios. Uno puede impresionar
a las personas todo lo que se quiera pero la única
manera de impresionar a Dios es a través de nuestra
humilde obediencia a su Palabra y a su propósito.
En 1 Samuel 16:7,
Samuel llega a ungir al nuevo rey. Cuando se
presenta Eliab, uno de los hermanos de David,
aparentemente parecía un rey. Samuel pensó que
seguramente Eliab era el escogido. Sin embargo, Dios
le dice que no vea a su apariencia pues Él lo ha
desechado. Y entonces Dios expresa una declaración
poderosa respecto a Él mismo. Le dice a Samuel que
Él no ve como el hombre ve. Él no ve la apariencia
exterior. Él mira el corazón.
Al hacerse mi
enfermedad interminable, mucha de la apariencia de
la cual me sentía tan orgullosa de mantener aun a
través de los peores momentos de esta aflicción,
me ha sido despojada. Han sido días muy dolorosos,
pero también días de mucho crecimiento. Algunas
cosas las aprendemos con nuestra mente, pero Dios
anhela tocar nuestro corazón de una manera completa
y duradera.
Si te estás
consumiendo por dentro con tal de "mantener la
apariencia" o dedicas horas enteras para
mejorar o mantener tu apariencia física, déjame
decirte algo. Estás perdiendo tu tiempo. Dios va
directamente al corazón de cada uno de nosotros.
Cuando Él examina mi corazón y tu corazón, me
pregunto, ¿qué verá? La apariencia no es nada
para Dios, sino la condición de nuestro corazón es
lo que significa TODO para Él.

Oración:
Padre celestial
venimos a ti en humilde adoración. Te adoramos por
ser el creador de todas las cosas. Reconocemos que
eres Tú el que escudriña nuestro corazón. Nos es
difícil creer que pasas por alto todo nuestro
exterior para llegar a los lugares más recónditos
de nuestro corazón, pero sabemos que es verdad pues
tu Palabra lo dice.
La sociedad nos ha
envuelto en un capullo de actividades llevadas a
cabo ritualmente sólo por "la
apariencia". Perdónanos Padre por todas las
veces que nos ha importado más la gente que Tú.
David era un hombre
que buscaba "el corazón de Dios". Y
nosotros también anhelamos seguir firmes en pos de
ti. Continúa quitándonos el capullo para que
podamos ser realmente libres y llegar a ser todo lo
que Tú nos has creado ser. Que nuestra apariencia
exterior sirva sólo para mostrar el resplandor que
resulta de conocerte íntimamente.
En el nombre de Jesús,
¡Amén y Amén!